My World Vision
-AroundTheWorld-
-Relatos Salvajes-
"Me asomo a la ventana..."
Desde mi ventana observo como pasa la vida; a veces lenta, sin ganas, otras rápida, frenética, tan rápida que nunca llega a nada.
Sé que la calle habla pero apenas la oigo; tan solo un leve murmullo llega a mis oídos que desde hace tiempo juegan a ser sordos. Desde aquí arriba no siento casi nada, si acaso un poco de nostalgia, no sé por qué, quizá sea un sentimiento injustificado para machacarme el alma; quizás no, quizás sea otra cosa..; creo que a la nostalgia siempre se le permite aparecer cuando le da la gana, libre, a sus anchas. Tengo muchas ganas de bajar a la calle, de entrar en contacto con la gente, de mezclarme, de ser parte, quisiera ser, al menos, una minúscula historia de todo esto que pasa a diario, no aislarme. No estar solo. Supongo que las cosas suceden por algo.
Necesito escribir, contarlo, contármelo. Vaqueros ajustados, botas de concierto, camisa de manga larga y una vieja chupa que me acompaña a todos lados; ella me arropa cuando lo necesito, se viene conmigo los sábados, los domingos..., siempre que no me disfrazo de un tipo de diario, cuando soy yo mismo, cuando no necesito justificármelo. Tengo frío, muchísimo frío, últimamente estoy helado.
Y entonces bajo y siento como la vida me acaricia el pelo, me calma y yo, vencido, me dejo:
Sábado, primero de octubre.
Hay una chica nueva en mi cafetería preferida, es sudamericana, no está muy suelta en el curro, se le nota mucho; se la ve tan apurada en su nuevo destino de camarera que los clientes, conscientes, la aprietan, y ella sirve las mesas tarde, torpe, triste, acobardada; se defiende tan sólo con una sonrisa forzada y buenas palabras, habla muy dulce; poco a poco su pelo huye entre las vueltas de una goma de coleta mal ajustada por falta de tiempo; ahora luce despeinada, con la cara desencajada, todo por intentar agarrarse a un trabajo que le urge, todo porque hay clientes que no saben desayunar un sábado sin prisa...
Frente a mi se sienta un padre triste que le da chocolate con churrillos a una niña de unos tres o cuatro años. A su lado posa una mochila nueva con todo lo necesario. Los dos tienen cara de sueño, de incertidumbre, los dos tienen cara de haber roto todo lo que parecía ser una familia. Lo que crece, lo que hace cosquillas.
En la calle, junto a una Estación de Tren ahora vacía, un tipo flaco con barba casi hasta las rodillas, aparca su bicicleta, baja de las alforjas su equipaje, no mucho; del interior saca una botella de agua: lava sus calcetines, sus zapatillas; con lo poco que le sobra de la botella da un sorbo y se refresca la cara. Sin prisa y con un rostro que refleja la felicidad de un hombre libre, deja que el sol seque la colada a su aire, sin prisa, el calorcito, la brisa.
De vuelta, cerca de mi calle, me encuentro a mis vecinos rumanos; una maravillosa familia, muy unidos, educados, solidarios, buenos vecinos y muy currantes. El padre de familia se acaba de sacar el carnet de conducir y me pita desde el interior de su nuevo coche, un vehículo azul muy pequeñito con una L tan grande que apenas le cabe en la luna trasera. Están todos dentro (su mujer, un niño travieso y una niña dulce muy pequeñita), se les ve felices, sus sonrisas son tan grandes que me contagian y yo también sonrió con alegría, me siento tan feliz como ellos. Que bonito sábado. Me pregunto cuanto esfuerzo les habrá costado llegar hasta aquí.
Me voy, ya me marcho. Un tipo con una bici aparcada en la acera le da de comer algo al perro de una señora mayor que pasa por allí; se les ve bien, conversando sin prisa. Una chica con el pelo suelto está sentada al sol, frente a una cafetería, fuma un cigarro; sus antebrazos se apoyan en ambas piernas, sus ojos miran al suelo; no hay clientes, han desaparecido, parece ser que todos han desayunado; mañana será otro día..., seguro que habla dulce. Una niña corre con su patinete por la calle peatonal; su padre, mochila al hombro y kleenex en mano, le permite todo, cada vez que la chavalilla se vuelve, papá le sonríe pero su cara luce triste, no puede disimularlo, demasiados cristales rotos, demasiados pedazos. Un coche azul pita como si fuera de boda; va a diez por hora, una familia feliz viaja en su interior, entre todos aguantan una L gigante que pesa demasiado (de momento), seguro que con el tiempo irá aligerando...
Hoy he bajado a la calle para ser parte, para no sentirme solo, pero también por si acaso te veía, por si me sonreías; te he echado tanto de menos...; pero esta vez no ha podido ser, quizás eso suceda otro día. Supongo que cuando las cosas sucedan por algo...
My World Vision:
Desde mi ventana nada es lo mismo.
MoOn
Carlos Infante Luna

No hay comentarios:
Publicar un comentario